El discurso de Greta Thunberg en la cumbre climática de la ONU incomodó a muchos. Irritó que una adolescente con síndrome de Asperger dijera lo que piensa y que lo dijera a su manera, sin ceñirse a la dulzura que los estereotipos dictan para una jovencita que se dirige a un foro como ese. La razón por la que su discurso causa escozor a tantos es porque no estamos acostumbrados a escuchar la voz de quien nos habla desde fuera. Nos desconcierta que nos hable al tú por tú una persona en quien converge el hecho de ser menor de edad, mujer, y con una condición de diferencia, al grado de hacernos sentir amenazados.

Y es que la participación en el debate público es privilegio de unos pocos. La posibilidad de decir lo que se piensa y poner sobre la mesa de discusión lo que se juzga importante es algo reservado a élites que imponen sus propios códigos y que esperan deferencia cuando conceden acceso a quienes les son ajenos.

Son ellas quienes construyen la agenda pública y quienes establecen los cauces de participación para el resto, perpetuando el statu quo. Es por eso que para revertir las estructuras de discriminación y asegurar el ejercicio de los derechos de las personas y grupos más vulnerables, el punto de partida es darles voz. Tratándose de los derechos de niñas, niños y adolescentes esto implica tomarlos en cuenta en todas las decisiones que los involucren, atendiendo a su autonomía progresiva; en el caso de los derechos de los pueblos y comunidades indígenas, conlleva la obligación de consultarlos previamente a la adopción de decisiones estatales susceptibles de afectarles; de igual manera, en el caso de personas con discapacidad, deben ser consultadas a través de las organizaciones que las representan, para el establecimiento de políticas públicas que les impacten.

La discriminación se alimenta de la invisibilidad de las personas y de su falta de presencia en las discusiones sobre la sociedad que queremos. La ausencia de sus voces en la vida pública dificulta enormemente el ejercicio de sus derechos, y por ello, la única manera de cambiar esta realidad es abriendo los espacios que tradicionalmente han tenido cerrados; estableciendo un diálogo y un contacto cercano; dándoles los micrófonos y difundiendo sus mensajes.

Teniendo esto en mente, una de las prioridades del Poder Judicial de la Federación bajo mi presidencia es la de acercarse a las personas. Por ejemplo, para actualizar el protocolo para juzgar con perspectiva de género estamos llevando a cabo un proceso consultivo con la sociedad civil, no solo por conducto de las organizaciones con mayor visibilidad, sino a través de aquellas más pequeñas y menos conocidas, pero que trabajan directamente con mujeres y miembros de la diversidad sexual. Tuve el privilegio de reunirme con ellas y escuchar directamente sus inquietudes sobre la actualización, implementación y difusión del protocolo.

Asimismo, hemos apostado por dar voz a la juventud a través del uso de redes sociales; del programa de televisión Derecho a disentir, que se transmite por Justicia TV; de la revitalización de foros como el XI Encuentro Universitario, próximo a celebrarse, o del primer concurso de ensayo universitario convocado por el Centro de Estudios Constitucionales de la Suprema Corte.

Por su parte, el Instituto Federal de Defensoría Pública amplió los servicios de defensores bilingües de 39 a 90 lenguas indígenas para asegurar que las personas indígenas cuenten con un defensor en su lengua, con conocimiento de su cultura y con respeto a su identidad.

Se trata de abrir los cauces a la participación de quienes históricamente han sido privados del derecho a opinar y a expresarse en sus términos y a su manera. El pleno goce de los derechos y el acceso a la justicia dependen de que podamos ponernos en los zapatos del otro; de que conozcamos su punto de vista y de que entendamos por lo que luchan.

No se puede ser juez sin una cercanía sensible con los grupos y personas más olvidados, históricamente desprotegidos y marginados. No se puede dar acceso a la justicia para ellos, sin visibilizar y combatir los obstáculos que lo impiden. No se pueden proteger los derechos humanos sin comprender lo que implica para las personas estar desprovistas de ellos. No se pueden incorporar perspectivas para juzgar, si no se entiende la realidad que las personas enfrentan todos los días. Y todo ello comienza por escucharlas.

FUENTE: PERIÓDICO MILENIO